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domingo, 24 de abril de 2016

Para que el mundo gire




Para que el mundo gire
y la luz se extravíe en la mañana,
dando color al fondo de tus ojos,
recortando paciente
el perfil generoso de tus manos
y en la noche la luna te ilumine,
contemplándote absorta y distraída.

Para que el mundo gire
fue preciso un milagro.
Una gran explosión se hizo necesaria
y una nube gigante de polvo, gas y roca.
Y así se fue expandiendo el universo.
Y fue la gravedad, extraña fuerza,
la que engarzó elementos primordiales
y fue formando estrellas y galaxias
y dio vida a satélites, planetas,
que siguieron girando.

Resulta complicado este prodigio,
esta cita improbable de sucesos.
Así surgió la tierra,
así su orografía,
y todos los “sucede” que ocurrieron
o que, tal vez, soñamos:
el perfil de los montes
que alcanzamos a ver en aquel banco
donde una vez te dije que te amaba;
los vientos invisibles que movían tu pelo
aquellas largas tardes en que nunca nos vimos;  
el cauce de de los ríos
donde, de tarde en tarde,
asomaste tus pies al agua fría;
las simas de los mares que no conoceremos.

Para que el mundo gire a mí me basta
simplemente
que cada noche llegue, a cualquier hora,
temprana o demorada,
con besos o sin lunas,
enojada o rendida,
como muestra de amor o de despecho,
oscura o luminosa,
esa frase que dice “buenas noches”.

Ese milagro.
Simplemente.
Para que el mundo gire.


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