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martes, 24 de febrero de 2015

El otro abismo



Dice el diccionario de la Real Academia que el término abismo procede del griego “abyssos” y significa “sin fondo”. Lo leo y en silencio me repito “sin fondo” y pienso que he dado con la palabra precisa, la que busco cuando el suelo se abre a mis pies.

También dice el diccionario que un abismo es una profundidad grande, imponente y peligrosa, como la de los mares, la de un tajo o la de una sima. 

Sonrío ante la exactitud de esas palabras. Porque yo sé que se trata de un abismo, aunque el mío no sea como los mares, los tajos ni las simas.

Entonces aparece una nueva definición que lo describe como algo inmenso, insondable e incomprensible. Y así es, como tú ya sabes, aunque nunca te lo haya contado.

Trato de recordar los abismos que existen y pienso en los marinos y en los oceánicos, los geológicos y los siderales, los primigenios. Los insondables, los peligrosos, los ideológicos. Los terribles abismos del averno y de la desesperación. También en los abismos de la pasión. Pero ni esos bastan.

Hay otro abismo, uno que ningún diccionario, ni aún el de la Real Academia, ha sabido recoger. Comienza en el lóbulo de mi oreja cuando tú lo cercas con los labios.  

Su extensión es mucho más grande.

Su profundidad más insondable. 

Y, sin lugar a dudas, es un abismo infinitamente más peligroso.






Muchacha en la ventana




sábado, 21 de febrero de 2015

Excentricidades sexuales


-Igual que lo hacen las ballenas -así me dijo que le gustaba. 
Alquilé una barca y mar adentro nos sumergimos en las aguas. Pero no le gustó. 
-Igual que lo hacen los pingüinos -opinó después. 
Alquilé un trineo y un puñado de huskies siberianos que nos condujeron hasta la aurora boreal.  Pero algo falló.
-Igual que lo hacen los pájaros -sugirió. Dudé si debía comprar pasajes de avión. Finalmente opté por un refugio de alta montaña pues me pareció el nido más elevado. Pero también esta vez me equivoqué.
-Igual que lo hacen las estrellas de mar -me dice ahora. Y ya no sé si arrancarme un brazo o admitir definitivamente que yo no soy su tipo. 





Amor de parte a parte


Se dirige a la jaula de los leones para demostrarle cuánto se equivoca. No quiere que Alejandro vuelva a decirle que ella no lo quiere bastante.

La primera vez que trató de demostrarle su amor, se ofreció como conejo de un aprendiz de mago. Pasó meses dentro del sombrero de copa, antes de que el prestidigitador consiguiera sacarla. Pero no bastó.

Fue partenaire del trapecista en un espectáculo sin red. Y sin resultados. Después se dejó atravesar por el ilusionista con un serrucho en un espectáculo que le dio al circo "Alegrías" fama internacional. Pero Alejandro tampoco la creyó aquella vez.

No se lo ha echado en cara. Pero a veces se pregunta si valdrá la pena este empeño suyo. Especialmente cuando el espejo le devuelve esa cicatriz que el serrucho le dejó. De lado a lado. De parte a parte.