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viernes, 2 de enero de 2015

Ahora que ya estás muerto, Mamadou.


 VI EDICIÓN DEL CONCURSO DE RELATOS BREVES “INMIGRACIÓN, INTEGRACIÓN INTERCULTURAL Y CONVIVENCIA CIUDADANA” 
FUNDACIÓN CEPAIM
Primer premio
















Para Flori y Mamen. Incondicionalmente.
A ellas que se dejan la piel por las causas
 justas y el corazón ante las injustas.

Ahora que ya estás muerto, Mamadou, te das cuenta de que morirse no ha sido tan difícil y que, aunque te resulte extraño decirlo, lo difícil era estar vivo y seguir adelante. Lo duro, lo sabes ahora mientras sientes esta paz que inunda tu cuerpo y el abrazo de tu hermano Malam, lo duro era vivir, bueno, por llamarlo de alguna manera. Eso que habías hecho en este país desde que llegaste fue malvivir, sobrevivir tal vez, no mucho más. Quizás, Mamadou, sobrevivir sea lo único que hiciste desde que tu madre te trajo al mundo sobre aquella estera de cáñamo entre unas paredes de barro que el viento y la arena del desierto golpeaban entonces. Igual que lo hacen hoy.

Aquí también malviviste, en esta ciudad de España llamada Murcia, en la que acabaste defendiendo con los dientes un solar cualquiera, hecho de una tierra que no te ha pertenecido, y a la que, a diferencia de las arenas de tu país, no le debes nada porque nunca te ha querido; un descampado que alguna vez has tenido que defender también con tus puños de aquellos que, como tú antes de morir, apenas nada tenían; este solar donde aparcan el coche que tú jamás podrás comprar, ni conducir, los ciudadanos blancos de este país, personas que apenas te miran a la cara, que nada saben de ti, ni del país del que vienes tú, ni de la tierra que te vio nacer; gente para la que Níger es una incógnita y el imperio Bornu del que te sabes descendiente, un reino tan irreal como una galaxia de Star Wars. 
Níger

Esos ciudadanos con los que vives en esta ciudad son gente que no te mira a los ojos cuando te dan un euro con fastidio, porque se sienten amenazados por tu trabajo de cuidarles el coche y temen que tú, el vigilante, puedas ser el propio causante de un accidente si no te dan una moneda en compensación. Sienten que los coaccionas cuando te entregan un euro a ti, Mamadou, ese negro del que nada saben y al que miran con la desconfianza del desconocimiento. Eso, si acaso, los que te lo dan y no se demoran dentro del vehículo, esperando que seas tú el que se canse y se marche, a ti, ese negro a quien no serán capaces de reconocer cuando vuelvan a recoger el coche entre los otros diez o doce emigrantes que trabajan en este solar junto al río, éste que habéis conseguido arrebatar, no se sabe cómo, a otros grupos de gorrillas y aparcacoches.

  
Ahora que ya estás muerto, no te va a hacer falta recordar el escondido lugar donde aún queda espacio para aparcar un coche más, ni tendrás que memorizar el ángulo y la posición que debe ocupar cada auto para que quepan el mayor número, haciendo posible que los vehículos conformen una estructura en lo que antes era una sinrazón hecha para el barro y las piedras. Ya no tendrás que acordar con tus compañeros el lugar de paso de ese laberinto que dibujáis cada día, cuando se inicia el horario de trabajo y coinciden las madres que llevan a sus hijos al colegio o cuando llega la hora de apertura del horario comercial.

Puente Manterola. Fotografía de Poncio Emiliano
Antes de dar el paso definitivo de dejarte arrastrar por las aguas del río, has bajado las escaleras junto al puente Manterola, el más nuevo de la ciudad, un puente peatonal que los transeúntes pueden sentir moverse al atravesarlo. Con la oscuridad, resulta un sitio discreto para acabar con tu vida. Incluso bonito, con esa luz dorada de las farolas reflejándose en el lecho oscuro de las aguas, una belleza que tu desolación ya no te permite ver. No sabes por qué has elegido este punto pero es ciertamente un lugar hermoso para morir.  Al fondo de la noche, Mamadou, la luna es lo único del paisaje que reconoces como tuyo, en esta ciudad en la que todo es tan ajeno a ti y a tus costumbres, a ti, ese extraño con el que nadie cuenta, sin papeles ni documentación. Sólo la luna es la misma, la misma que brillaba la noche en que el mar abrazó a Malam y se lo llevó consigo. Sin tu permiso. A pesar de tu angustia y de tu llanto.

Has venido, Mamadou, precisamente hoy en que hay luna llena porque no podías dormir, porque tenías mucho miedo: miedo de tus sueños y de esa luna llena en la que viene siempre a visitarte Babagana, tu padre. Cuando Babagana se aparece en tus sueños, te despierta la fiebre y tiritas sobre los cartones en los que duermes. Pero ahora que estás muerto, Mamadou, ahora ya nada importa. Todo ha quedado atrás y lo que hoy parecía un asunto vital en este mismo instante, mientras tu cuerpo flota sobre las aguas del río, ha perdido importancia.
  
Desde el puente de la ciudad, el que todos conocen como el puente de los Peligros, eres un bulto sereno junto al reflejo de la luna llena, esa misma luna que allá muy lejos, en tu ciudad al sureste de Níger, en N'guigmi, puede que tu padre esté viendo. Tu padre, que no te sabe muerto, pero que intuye la inminencia de la desgracia; tu padre que, en realidad lleva conviviendo con la tragedia desde el principio de su vida, desde que las aguas del lago se retiraron como un presagio de que Dios, que nunca había estado de su parte, aún lo iba a estar menos.

Flotas, Mamadou, en el agua con la quietud y el reposo de quien ya no tiene miedo porque no volverá a recibir visitas en sus sueños. Ya no vendrá tu padre a preguntarte qué hiciste con tu hermano. Y ya no tendrás que bajar la vista, con los brazos colgando de tristeza porque no tuviste valor y no hiciste nada. O simplemente porque no había nada que hacer en una patera sin salvavidas, cuando nadie te había enseñado a nadar. Porque cuando Malam, tu hermano pequeño, y tú nacisteis, al igual que cuando nacieron el resto de los diez hijos que parió tu madre sobre la misma esterilla en aquella casa de barro, la tierra ya se había tragado las aguas del lago Chad, y nadie en N’guigmi tuvo ocasión de aprender a nadar como lo habían hecho sus padres y los padres de sus padres durante siglos. No se aprende a nadar entre la arena. 


Cuando Babagana aparece en tus sueños, querrías llorar para no verle la cara, ni la tristeza de sus ojos, ni la dureza con que te exige lo que no pudo ser. Habría sido mejor lanzarte al agua a por tu hermano Malam. Y ahogarte abrazado junto a él. Pero no lo hiciste. Te faltó coraje o te sobró razón. No habrías sabido qué responder si te lo hubieran preguntado cuando aún estabas vivo.
  
Aunque tienes los ojos muy abiertos, Mamadou, ahí en el agua del río Segura, meciéndote lentamente, ya no puedes ver nada. No puedes ver la luna, esa misma que cada noche observaste antes de guarecerte entre las mantas y cartones donde has vivido desde que llegaste a este país, una tierra que a ti nada te ha dado y a la que nada debes, salvo un solar de coches, durmiendo debajo de esos muros de hormigón que sostienen la autovía, una carretera que viene de la costa, baja por el puertecillo de montaña junto a la ciudad y se pierde hacia el interior, camino de muchos otros lugares del país en los que nunca habrás de estar.

Puede que en este momento tus compañeros de noche, ya intuyan que estás muerto, porque no volviste a dormir entre tus cosas al amparo de la autovía, en esa pendiente que queda entre la cimentación y la orilla del río, ese lugar húmedo y frío donde, a pesar de las ratas, varios compañeros combatís el miedo y el desamparo a base de los turnos de guardia que hacéis entre todos.

En  la noche apenas nadie visita ese lugar porque la gente tiene miedo. También tenéis miedo vosotros. Miedo a las intenciones de quien por allí pasee, miedo a que os quiten el sitio o las pocas pertenencias que habéis conseguido reunir, miedo a que os pidan los papeles que no tenéis, miedo a que el miedo de los otros o tal vez el vuestro, desencadene una reacción que nadie había previsto.

Puente de los Peligros.
Fotografía de Poncio Emiliano.
Puede que ellos, tus compañeros, ya sepan que estás muerto porque hayan salido a buscarte por la orilla hasta llegar a tu cuerpo, que ahora flota en ese remanso junto a la luna, entre el puente donde te dejaste morir y el puente de los Peligros, el más conocido de la ciudad y también el más viejo. Hace mucho que nadie se había ahogado cerca de este punto. Ya pocos recuerdan que hace muchos años, los abuelos de estos blancos que ahora hacen tiempo en el coche para no tener que darte un euro, cruzaban en barca al otro lado de la ciudad, por un embarcadero cercano al lugar donde ahora tú has decidido dejarte morir, para no enfrentarte a este presente que no tenía apenas esperanza.


  Sí, Mamadou, puede que ya te hayan visto tus compañeros, los que contigo duermen, flotando boca abajo en el río, con los ojos abiertos, como flotaba tu padre en las aguas del lago Chad, aquel lago en el que hace tan sólo cuarenta años pescaban los habitantes de N’guigmi, ese lago que ahora vive a casi cincuenta kilómetros sin que vosotros, los tumari de la ciudad, seáis capaces de saber por qué. Puede que te hayan visto y estarán listos para cuando venga la policía a querer saber. Pensarán que fue difícil morir porque en algún momento, Mamadou, tendría que faltarte definitivamente el aire y te habría de entrar el pánico, cuando, arrepentido, quisieras volver a respirar y, en su lugar, el agua, se fuera colando por tu nariz y tus pulmones, desesperados por la falta de oxígeno. Alguno de ellos tal vez te verá y sentirá la urgencia de tirarse al agua para rescatarte, pero no serviría de nada, porque tú ya estás muerto,  Mamadou, y es demasiado tarde para intentar sacarte de estas aguas tan frías en esta noche de invierno. 


Porque tú, Mamadou, lo que habrías querido es regresar a Níger, ese país del que aquí apenas se sabe nada, pero al que tú te sabes unido por un íntimo sentido de pertenencia; ese, que es uno de los lugares más pobres de la tierra, donde, sin tener nada, todo era tuyo porque allí tú sabías nombrar la luna y las gacelas y los camellos y los peces que ahora ya no se pescan en ese lago que se marchó tan lejos de N’guigmi pero que antes había sido la vida. El lugar donde comprendes lo que los niños dicen cuando juegan, donde podrías decir las palabras que sirven para enamorar a las mujeres y que aún no llegaste a decir porque no tuviste ocasión antes de marcharte. Aquí no hay mujeres que sepan ordeñar las cabras de ese rebaño que querrías tener, mujeres que puedan cantar a los hijos, que no has de tener, las canciones que tu madre te susurró al oído en tu lengua tumari. Aquí no hay mujeres tumari que sepan cocinar el maíz y el sorgo como lo hacían tu madre, tu abuela y todas tus tías cuando tú eras niño. Como lo hacen ahora tus hermanas cuando consiguen comida para todos.





Sólo tú, Mamadou, sabes lo que viniste a buscar en las aguas de este río Segura, que no se retira de la ciudad de Murcia como se marcharon las aguas del lago de la ciudad donde tú vivías, cuando eras alguien, y te esperaban tus hermanos y tus hermanas al caer la noche para contar cómo había sido la jornada y calmar el hambre con las risas de la juventud. Porque tú has venido al río buscando la paz que perdiste en las aguas del estrecho, ese mar que, en medio de una noche también con luna, se llevó a Malam, que no sabía nadar, porque no había tenido un lago en el que aprender como vuestro padre.

 Imaginas que tu hermano Malam también flota en las aguas, con los ojos abiertos y los pulmones llenos de agua. Pero tú,  Mamadou, no has sabido nunca en qué parte del mar se quedó flotando. Sólo sabes que no cumpliste la promesa que le hiciste a tu padre, que cuidarías de tu hermano menor para que nada le pasara. En su lugar, dejaste que el mar se lo llevara aquella noche, sin atreverte a lanzarte desde la barca donde os embarcaron en la costa africana con destino a España, un país desconocido.

Ahora que flotas en el agua de este río Segura, tan ajeno y tan frío, imaginas a tu padre Babagana, cuando de chico pescaba con su padre y sus tíos en el lago, a escasos cientos de metros de su casa en N’guigmi. Arrastraban el barco hasta la orilla y cargados de redes y canastos, Babagana y el abuelo Alkalí faenaban en las aguas. Lo sabes porque ellos te lo contaron, igual que se lo habían contado a sus hijos otras familias kanuri de N’guigmi que, a lo largo de generaciones, habían vivido de los peces del lago. En N’guigmi muchos kanuri eran pescadores en el lago y en sus humedales plantaban alimentos. Durante la estación de las lluvias, el lago se llenaba de las aguas que bajaban del río Chari y del Logone y, en las orillas, las mujeres se encargaban de cosechar alimentos. El lago también daba de beber a los rebaños de cabras y de kouri.


Sabes de estas historias, Mamadou, porque se las oíste a tu padre y a algunos de tus tíos y a los viejos de la ciudad.  Son las historias de cuando en N’guigmi todos sabían nadar porque el lago les había enseñado sus secretos. Pero después llegó la sequía y el cielo no quiso llorar más. Entonces, en su lugar,  lloraron las mujeres. Y los niños. Pero esas lágrimas no evitaron que el río se secara. El desierto, al ver que se retiraban las aguas del lago, se quedó a vivir en N’guigmi, aquella ciudad donde acababan las carreteras del país. Y de esto sí sabes, Mamadou, porque entonces vino también la hambruna y el desastre. Y a pesar de tus risas y las de tus hermanos, muchas noches no teníais nada que comer. Porque se había muerto el ganado y ya no crecían las plantas en aquellos lugares que antes eran húmedos.
 
N'guigmi
Por eso, Mamadou, se marchó mucha gente. Por eso se fueron algunos de tus tíos. Y aunque Babagana siempre hablaba de ellos y de sus hijos, se borraron de tu memoria. Cogieron sus cabras y sus enseres y se marcharon detrás del lago. Y el agua se fue tan lejos que a muchos no volviste a verlos. Tampoco fueron felices. No fueron bien recibidos porque era mucha la gente que llegaba buscando el lago, y las aguas no tenían peces para todos. Y también hubo peleas. Y algunas veces vinieron los soldados. Y durante un tiempo hasta se prohibió la pesca para evitar los conflictos. Pero creció el hambre.
  

Antes de llegar a Europa, antes de cruzar el estrecho, y también antes de llegar en camión a aquel país que se llamaba Argelia y cruzar un desierto inmenso (aquel que parecía querer quedarse en N'guigmi), tú creías, Mamadou, que en tu ciudad había muchas personas condenadas a no ser nunca felices. Porque a pesar de tus risas y las de tus hermanos, muchos niños se morían muy pronto, muchas mujeres se morían sin haber terminado de parir a sus hijos en las esterillas y la vida era muy triste. Por eso Malam y tú decidisteis marcharos lejos, aunque ya no pudierais ver los camellos que alegraban la vida de la ciudad, transportando la sal en N’guigmi. Queríais volver con algo de felicidad y con comida. Pero no pudisteis imaginar que el desierto era tan grande. Ni que la tristeza vivía también en otros lugares, lejos, muy lejos de N'guigmi, porque Europa ha sido para ti más triste que toda el hambre de tu país.

Si supieras escribir, Mamadou, habrías tenido que enviar una carta a Babagana y contarle que a Malam se lo llevó el mar y que tal vez siga flotando en las aguas. Pero no sabes leer ni escribir. Y Babagana tampoco, pues en el lugar de donde vienes sólo unos pocos saben y tú no fuiste uno de esos privilegiados. Tampoco hablas francés, aunque sea la lengua oficial de Níger, ese país que en España nadie conoce ni distingue de Nigeria. Eres un nombre que no se recuerda, procedente de un país que no se sabe situar en un mapa, más allá de un dedo que señala impreciso hacia África. Los españoles no saben quién eres, ni apenas han oído hablar de este lago Chad que marcó todo lo que tu gente fue y ahora se marcha para arrojaros al éxodo y a la desesperanza.

N'guigmi
Dentro de unas semanas, Mamadou, el nombre de tu país, uno de los más pobres del mundo, aparecerá en la prensa local porque noventa de tus compatriotas morirán de sed en el desierto, abandonados por las mafias de traficantes, casi todos mujeres y niños. Se asomará a los televisores ese nombre, Níger, en ese aparato al que no tenías acceso en tu casa de barro en N’guigmi y les recordará a los habitantes de este país en el que ahora estás, que dos de cada tres de tus compatriotas viven bajo el umbral de la pobreza, que es lo mismo que decir que se mueren de hambre. Pero tú, Mamadou, ya no podrás saberlo porque el agua te habrá robado la vida para entonces, como se la robó el océano a tu hermano, como roba la falta de agua las vidas de tu pueblo.
N'guigmi

Sí, tus compañeros, esos que duermen bajo el puente contigo, ya saben que estás muerto. Pero es poco probable que hagan algo. Vendrá la policía, como ha venido otras veces, y pedirá papeles, esos papeles que nada significan para ti que no aprendiste francés, que no sabes decir en español más que un puñado de expresiones para sobrevivir: “paisa, barato, gracias, ¿querés?, no, sí…”, que entiendes el árabe pero que, sólo con Abatcha y Liman, tus únicos dos amigos compatriotas,  puedes hablar tu lengua nativa, un dialecto del kanuri que se llama tumari, la lengua en la que sabrías entender a los niños y enamorar a las mujeres.

Vendrá la policía a tu refugio bajo el puente, a indagar por tu muerte, a buscar algún sospechoso, a preguntar qué negocios turbios han hecho que acabes muerto, flotando en el río, esa misma policía que ha venido otras veces pidiendo unos papeles que tú, Mamadou, no sabrías leer, aunque los tuvieras, porque te paralizaría además el miedo de su presencia, un miedo instintivo parecido al que las muchachas de N’guigmi tenían ante los soldados, ese miedo de quien sabe que no hay nada que ganar y que todo se puede perder en un segundo. Vendrá la policía como ha venido otras veces y no encontrará a nadie porque todos los extranjeros que son encontrados saben que son culpables de nada y todo a la vez, como si en su condición de ajenos residieran todos los delitos posibles.

No encontrarán papeles en tu cuerpo flotando, Mamadou, porque tu padre no sabe que estás en esta ciudad donde no significas nada, donde tu lago es una historia que muy pocos conocen, donde no hay mujeres a las que puedas enamorar y donde sólo has estado con chicas a las que tuviste que pagar por una caricia en un idioma que no era el tuyo. Nadie reclamará tu cuerpo, porque Abatcha y Liman tampoco tienen papeles y saldrán corriendo cuando venga la policía, como salís corriendo todos con vuestras mantas de DVDs y CDs, cargadas a las espaldas, cuando la policía recibe orden de detener vuestras ventas ilegales.

Todos los “sin papeles” sabéis escabulliros en la noche, desaparecer entre las sombras y confundiros con otros negros que habitan la ciudad, aunque no sean de etnia kanuri como vosotros ni tengan la misma lengua, ni la misma religión, todos confundidos en una Babel de idiomas y matices, de rasgos y culturas que los blancos ignoran, al igual que casi todos desconocen el hambre, el desierto o la existencia de un lago que se marcha de África y se lo lleva todo. Porque el cambio climático y las presas construidas para regar cultivos de otros países os robaron el agua.
 
N'guigmi
De todo esto, Mamadou, tú no sabes casi nada. No conoces mucho de los golpes militares en tu patria. Sabes, eso sí, que hay un presidente, que se llama como tú Mahamadou, de apellido Issoufu. No sabes que es el presidente de una democracia, porque en N’guigmi eso no importó mucho, ya que los cambios de gobierno no se notaron. El hambre no dejó ver muchas cosas. Ni los conflictos que trajo.

Antes de morir, escuchaste decir a Liman que tu país tiene uranio y oro y también petróleo. Pero a tu familia, Mamadou, no le llegaron las ventajas de esta riqueza. También ignoras que Níger está endeudado con el Fondo Monetario Internacional o con el Banco Mundial. Pero las consecuencias de esta deuda sí que os alcanzaron, aunque no las conocierais. Y os llegaron las hambrunas. Y la guerra. Y los campos de emergencia de Naciones Unidas.

Por todo esto, Mamadou, por las cosas que no sabrías contar en este idioma español, que no entiendes, llegaste hasta aquí. Y por esta vida en España, que no vale la pena, murió Malam en las aguas del estrecho, después de haber gastado todo lo que teníais en un viaje por el desierto. Por todo esto, por el lago que se marcha y por el hambre que llega, os convertisteis en sospechosos, en emigrantes, en esos seres peligrosos que pululan los márgenes de la legalidad, todos iguales, todos negros, todos moros, todos cuates, todos con miedo unos de otros. Y a cambio, Mamadou, antes de lanzarte a las aguas, como se lanzaba tu padre de chico en el lago, como se fue tu hermano sin quererlo, has llegado a un país donde haces cola diariamente, durante más de una hora, para entrar en un comedor de Jesús Abandonado a comer y recoger algo de ropa y dormir después debajo de la autovía, haciendo turnos, por si alguien viene a por ti, defendiendo tu manta de discos de la policía y tu trozo de solar de otros hombres tan desesperados como tú, aunque tal vez más peligrosos, que reclaman su parte.

Aquí, Mamadou, los blancos te llaman negro y te miran con desprecio, como si, en lugar de ser extranjero, fueras simplemente idiota, o como si el ser idiota les diera derecho a tratarte con desprecio. Y tú has tragado esa humillación, por si pudieras vender ese CD a quien no lo necesita, y consiguieras recoger el dinero que te robaron, para enviar a tu familia, a una ciudad adonde las carreteras de tierra terminan y no llegan más allá, si es que encontraras a alguien de verdadera confianza que te hiciera el envío sin engañarte, un dinero que no puedes saber si llegará, en un país sin garantías de ningún tipo.


Esta es, Mamadou, la vida que has llevado en los dos últimos años, la vida que te espera en adelante, mientras en tus sueños los ojos de tu padre te interrogan por la muerte de Malam, a quien no te lanzaste a salvar.
  
Alguien ahora te verá muerto, Mamadou. Antes de que lleguen las luces de la mañana, alguien mirará tu cuerpo flotando y se extrañará de ese bulto que antes no estaba y que se balancea en el vaivén del agua y dará la voz de alarma. Y cuando te saquen y te den la vuelta, descubrirán tus ojos abiertos de par en par, como si fueras tu padre, tratando de descubrir algún pez en el fondo del lago, por el simple placer de atraparlo y disfrutar con el juego de verlo escabullirse entre sus dedos.

Lo primero será tratar de cerrar esos ojos cuya visión estremece. Nadie gusta de contemplar la muerte tan de cerca. Te cerrarán los ojos y tratarán de olvidar tu rostro, que es tan igual a los otros emigrantes subsaharianos que pululan por las calles con sus mercancías y sus frases “paisa, barato”, de los que nada saben ni tal vez quieran saber. Te cerrarán los ojos y buscarán las causas del suceso. Rastrearán en tu cuerpo algún signo de violencia, como si los golpes que la vida te ha dado no fueran ya lo bastante agresivos como para haberte dejado marcas en el corazón. Barajarán las posibilidades de accidente. Desecharán, Mamadou, que un musulmán como tú hubiera querido suicidarse por el temor a acabar tus días en el fuego eterno. Y acabarán considerando que todo ha sido probablemente un ajuste de cuentas, una venganza por el control del solar, por las ventas ilegales, por un robo de ganancias, qué más da.

Algunos, Mamadou, sentirán pena por tu muerte, no sólo Abchata y Liman, tus compatriotas, también los empleados del comedor social y algunos voluntarios. Lamentará tu muerte la muchacha de las gafas naranjas, esa que te sirve lentejas para musulmanes con la única sonrisa blanca que puedes recordar.

Y algún lector de la prensa local, que no sabrá de ti, ni de N’guigmi, ni del lago que muere en África central, ni de Malam y el mar y las pateras, ni de la sed, ni el hambre, ni el uranio, sentirá, sin embargo, que mueras lejos, lejos de tu familia y de tu lengua, de ese país del que nada conoce, de los niños que juegan en tu lengua, de esa mujer que nunca enamoraste y de un  padre que no sabrá si sigues vivo o muerto. Ellos no saben, Mamadou, que tú ya estabas muerto mucho antes de meterte en el agua. Puede que estés muerto desde que cruzaste el estrecho. O tal vez antes. Cuando te tuviste que marchar.

Pero una cosa es cierta, Mamadou: ahora, definitivamente, sabes que morir no ha sido tan difícil, que es un tiempo muy breve, que lo difícil, a veces imposible, es seguir viviendo y tirar adelante. Esta vez no te ha faltado el coraje. Ni puede que la razón. Desde el puente flotas como si abrazaras a Malam y como si, por fin, la paz os hubiera encontrado. 

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