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sábado, 26 de diciembre de 2015

Las agendas del olvido



CLAUSURA DE LA EXPOSICIÓN “En una caja de galletas”


   Quise escribir un poema para clausurar la exposición de Antonio Gómez Ribelles en el museo Arqueológico de los Baños. Me habría encantado un buen poema, como los que escriben mis amigos poetas. Unos versos sobre la memoria y el olvido. Y las benditas cajas de galletas donde se guardan lo que ya nunca será. 

   Y elegí para comenzarlo una cita de Juan de Dios García “Memoria es el país de donde llega siempre la tristeza”. Pero no pudo ser. Me pasó con él lo que dice Sabina en su canción: “Terminaba tan triste que nunca lo pude empezar”

   Así que, volví a lo mío, a los relatos cortos. Y elegí hablar de otro tipo de olvidos: el de las agendas.

Gracias a Antonio, por invitarme a aquella velada tan bonica.

Antonio Gómez Ribelles



Antonio Gómez Ribelles


Antonio Gómez Ribelles

 


Las agendas del olvido

     En una tienda de mi barrio venden agendas para anotar aquellas cosas que se quiere olvidar. Y parece un negocio rentable. 

     Al principio las agendas se amontonaban en un rincón. Se escondían junto a los libros de saldo, como si el dueño de la tienda anduviera pidiendo disculpas por su presencia. Una de esas cosas de las que uno casi se avergüenza. Un error cualquiera.

     Por eso mismo, por error, la compró Obdulia, la peluquera del barrio, sin saber qué compraba. Tenía intención de  romper con el cartero. Estaba harta de un novio que, entre las facturas que cada día llevaba a su buzón, nunca deslizara una carta de amor. Dicen que apuntó en la agenda la hora a la que había quedado una tarde para devolverle las cartas que él nunca le había llegado a escribir. Pero olvidó acudir a la cita y, en la tarde convenida, que nunca recordó, aquella tarde en que pensaba acabar para siempre, con seis sencillos whatsapps, el cartero y Obdulia pusieron fecha de boda.  

     Debió contarlo en la peluquería una mañana gris de noviembre porque seis de las clientas de Obdulia acudieron a comprar una agenda de olvidos a la tienda de mi barrio la tarde de la misma mañana gris. Y empezaron a apuntar las citas y recados que no deseaban recordar. 

     Se sabe que Rosario anotó la cena con las antiguas compañeras del colegio con las que una vez al mes en el restaurante francés compartía todo lo que nunca tuvieron en común. 

     Mariana y tres madres más faltaron a la reunión en el colegio de la Consolación. Y la señorita Lucía, a quien llamaban caracaballo,  las echó en falta por ser de las mamás habituales. Tampoco Cristina pasó a ver a su suegra, tal y como su marido había convenido. 

     Y al volver Manuel del instituto, tuvo que sacar la ropa sucia de toda la semana y recoger del suelo sus zapatillas de deporte, asombrado de que su madre no le hubiera ordenado la habitación como cada jueves.

     Después compraron agendas del olvido todas las aburridas amigas del colegio de Rosario. Y nunca más las volvieron a ver cenando juntas una vez al mes, compartiendo humo, en el restaurante francés de Camille, junto a la peluquería de Obdulia. 

     Algunas de las amigas de Cristina compraron también agendas y dejaron de visitar a las suegras. En los últimos meses hay señoras de avanzada edad jugando al mus sonrientes con caballeros jubilados en el hogar del pensionista, a las habituales horas en que aguardaban la visita de sus nueras para repasar el estado de todas sus dolencias y sus males.  

     Y la señorita Lucía, la caracaballo, compró una remesa de agendas como regalo de Navidad para sus compañeros del colegio de la Consolación. El segundo trimestre los alumnos recibieron las notas sin que nadie se hubiera acordado de corregir los exámenes. 

     Dicen, aunque no está demostrado, que ahora Manuel escribe notas en la agenda de su madre antes de salir para el instituto. En ellas le recuerda las cosas que una madre no debe hacer por su hijo. Desde entonces, no ha vuelto a ordenar su habitación ni a poner la mesa porque su madre siempre olvida lo que no debería haber hecho jamás.
     En la tienda de mi barrio hace mucho que las agendas ocupan lugar principal en los cristales del escaparate. Las chicas las compran de muchos colores para escribir en ellas los nombres de las amigas que las defraudaron. Las amas de casa, para apuntar con primorosa letra los sueños que nunca cumplirán, los secretos que cuesta trabajo guardar y los amores furtivos que nadie debe conocer. Los hombres de negocio anotan reuniones a las que no quieren acudir y facturas que no podrían pagar. Hasta los resultados de encuentros que sus equipos no debieron haber perdido. Los alumnos de la Consolación escriben los deberes que sus maestros ya no recordarán corregir. 

     Y a don Ramón, el párroco, le han descubierto una agenda en la que todos los días del año repiten un nombre de mujer, el nombre de esa muchacha que cada día acude a misa de primera hora de la mañana. Está convencido de que esta es la única manera de apagar esos ojos inmensos que lo persiguen cada noche y que no tienen otra cura que no sea el olvido.

Blog de Antonio Gómez:   http://www.antoniogomezribelles.blogspot.com.es/

domingo, 4 de octubre de 2015

El color de las palabras




Había escrito cien veces “te quiero” con sus rotuladores de colores.

Veinte veces en color verde porque el profesor hablaba de la clorofila el día que ella se sentó a su lado. 
Otras veinte en naranja por aquel paseo entre los árboles del huerto cuando ella se interesó por sus amigos. 
Veinte veces las había escrito en azul por el día que pasaron en la playa y él descubrió la piel morena que se escondía bajo su falda de lunares . 
Veinte más en rojo por aquel banco apartado en el que quiso besarla poco antes de que ella rompiera a llorar desconsolada en sus brazos y él hubiera dado el mundo por saber cómo evitar aquel dolor.

Y, finalmente, veinte en negro cuando ella le  aseguró que no debía preocuparse, que pasara lo que pasara, ellos siempre, siempre, siempre seguirían siendo amigos y él escuchó en su interior un ruido de cristales y notó que el corazón se le rompía en mil pedazos. 






 
Este texto, discreto y chiquitito, es uno de los dos que ha aparecido en la revista Todo Arte 2 de la pintora Guillermina Sánchez Oró. Os dejo el enlace para que  podáis ver todos los contenidos de la revista y mi agradecimiento a Guillermina por contar conmigo, y con mi amigo Alfredo Zamora, en sus páginas. Muy orgullosa de compartirlas: 



domingo, 13 de septiembre de 2015

Cuando la vida no se va y se cumplen 104 años

La primera de las entradas de este blog, hace ya dos años, recogía un relato llamado Espérame en el cielo, que había sido finalista en el Rendibú 2013.



Mi tía con 102 años

Mi abuela Pepica y mis tías Mercedes, Paca y Encarnación con su madre. Primeros años 20

Entrelazaba más verdades que mentiras de la biografía de Julia Rico Amorós. Mi tía Julia (conocida por Paca, en memoria de una hermana), aún viuda de guerra, hermana de mi abuela, una de esas personas a las que la vida concede arrastrar su memoria y su lucidez desde su nacimiento, en septiembre de 1911 hasta la semana pasada en que hablamos con ella para felicitarla por sus 104 años. Nació meses antes del hundimiento del Titanic, el mismo año que personajes como Tennessee Williams, Paulette Godard, Georges Pompidou, Cantinflas o Ginger Rogers y contemporánea de las dos Guerras Mundiales y de la Guerra Civil.
Julia Rico y Fernando Monzó, 1936


Nicandro Monzó
Julia Rico


Pinoso, 1967. Mi tía Paca, junto a la novia.


La recuerdo muchas veces porque la quiero. Pero sobre todo siempre que se habla de la ley de la memoria histórica. 
Se casó en el Ayuntamiento de Pinoso, en una ceremonia civil, durante la Segunda República con Nicandro Monzó, que se alistó voluntario en el ejercito republicano y desapareció en Andalucia, sin que nadie nunca diera cuenta de él. Debe descansar en alguna cuneta o fosa común. Dios sabrá dónde. Y como la mayoría, su mujer y su hijo Fernando (a quien pusieron ese nombre como homenaje al dirigente socialista Fernando de los Ríos) vivieron la penuria, la miseria y la tristeza de una posguerra infame sin derechos ni disculpas.

A ellos, siempre en mi memoria. Por esos 104 lúcidos años de camino. A ellos, porque no quiero olvidarlos. ¿Cómo voy a olvidarlos?






domingo, 24 de mayo de 2015

Nunca se sabe



Por fin quietas,  sus manos morenas, un poco amoratadas, destacan sobre las sábanas. Parece que se hubiera dormido casi sin darse cuenta.Tengo que aprovechar para limpiar. Cómo se pondría si viera este estropicio. 
Ha llegado hoy mal del trabajo. La crisis nos está matando: apenas se vende, todo son deudas, nadie tiene un duro.  Le habría preparado un baño calentito pero esta mañana no me había dejado dinero ninguno y no pude  llamar al butanero. Por eso se enfadó tanto. Porque el agua estaba fría.
Míralo. Con este aspecto de ángel resulta difícil imaginar lo bruto que se pone cuando se enfada. Pero engaña.
Cuando lo conocí, no imaginé que sería capaz de levantarme una mano así como lo hace. Claro, pero tampoco habría dicho que yo encontraría el valor para  matarlo. ¡Y con un martillo además!  Ya ves, ¿quién me lo iba a decir a mí?


 








Aprovecho esta campaña contra la violencia de género para darle alas a este texto. Que es como es, que ni remotamente insinua que la violencia esté justificada, porque la violencia no debe correr en ninguno de los dos sentidos.  Pero eso sí, que en nuestro mundo no haya NI UNA mujer MENOS.


martes, 21 de abril de 2015

Al otro lado


Este texto, hasta ahora inédito, lo ha recogido El bombín en su página de facebook, el magazine literario de la editorial La fea burguesía. Le doy las gracias a Blanca Pérez por su interés y su trabajo. Muy contenta de aparecer en su muro.

Lo suyo es pues verlo en el lugar original de la revista El bombín.

Originalmente concebido para el concurso de Relatos en Cadena Ser y escrito una tarde de marzo muy especial en el inolvidable Carmen de la Victoria en Granada.



domingo, 1 de marzo de 2015

Todos tenemos un huerto en Getsemaní




     39 Y saliendo de la habitación, se encaminó, como cada día, hacia la planta baja para las tareas y obligaciones domésticas. Y sus hijos también la siguieron para tomar el desayuno, su vaso de leche, sus tostadas de aceite y tomate.   40 Cuando se sentaron a la mesa, les pidió que no se pelearan porque no se encontraba bien.    41 Y se apartó de ellos como a un tiro de piedra, para sacar de la nevera la leche y el tomate rallado.   42  Y se dijo que era todo tan inverosímil. Se habría dejado caer de rodillas y habría orado, ella, que vivía convencida de que ningún dios la escuchaba. Pero se descubrió diciendo: Aunque no sea tu voluntad, aparta de mí este día. Para no sentir, ni pensarle, ni recordarle.    43 No apareció ningún ángel que la fortaleciera.   44 Ni su sudor, como gruesas gotas de sangre, cayó sobre la tierra.   45 Y cuando volvió a la mesa con las tostadas preparadas, halló a sus hijos discutiendo a causa de una galleta.   46 Y no les dijo nada.  

Después pasaron todas y cada una de las horas del día. Y en todas sintió, pensó y le recordó con el desespero y la tristeza que había previsto, en su particular huerto de Getsemaní. Ese que todos tenemos como una cruz a cuestas.