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domingo, 5 de octubre de 2014

Enamorada, Continúa la noche en Caracas, La mujer ingenua, La despedida y En el arcano libro de los genes.

Enamorada




Ninguno de nosotros se había dado cuenta de verdad. A mamá le dio por estar ausente, con la vista perdida tras los cristales de la ventana. Se pasaba el día mirando los mensajes del  móvil. Escuchaba en el coche unos discos de boleros, que tarareaba constantemente mientras ponía el lavavajillas o tendíamos la ropa. Sonreía como no la habíamos visto hacer desde hacía tiempo. Y se esforzaba más que nunca en ser amable con nosotros. Por eso no sospechamos.
Hasta que aquella tarde Quique levantó la vista de sus sumas y le dijo: “Mamá, tú estás enamorada”.  Todos la miramos a ver qué decía. Mamá levantó la cabeza hacia nosotros. Y se echó a llorar. Pero extrañamente, no la vimos mirar en ningún momento a papá. 



Publicado en la revista Manifiesto Azul 15.  Si quieres verlo, pincha el enlace  Manifiesto Azul en el blog de Colectivo Iletrados


 
“Continúa la noche en Caracas”



Esas fueron exactamente las palabras de la reportera del noticiero en la madrugada del 6 de marzo de 2013, varias horas después de la muerte de Hugo Chávez. Aunque no se tienen datos de audiencia, se calcula que más de un 10% de los veintiocho millones, novecientos cuarenta y seis mil, ciento un habitantes de Venezuela permanecían atentos a las noticias a esas intempestivas horas.

De ese 10 %, casi la mitad de ellos respiraron aliviados al constatar que la muerte del presidente de la república bolivariana no había alterado el curso natural de los días y las noches.

Se sabe, sin embargo, que un grupo aún bastante numeroso, nunca cuantificado, seguía con el corazón encogido hasta las horas del alba, temerosos de que pudieran venirse abajo el cielo y las estrellas, ahora que habían dejado de sostenerlo los brazos poderosos y omnímodos del comandante del pueblo.

Al escribir esta reseña quince meses después todos ellos lo negaron. Muchos, más de tres veces.



La mujer ingenua



La mujer que iba en el coche a mi lado habría  tenido un hijo treinta y dos semanas después. Tenía los ojos claros y estaba muy enamorada. Pero él era un hombre casado y ella, una ingenua. Debía haberlo previsto, pero era del tipo de mujeres que creía todas las mentiras.

La encontré en la estación esperando el autobús hacia Gijón. Le di fuego, la invité a una tila, me ofrecí a llevarla en mi coche.

La mujer que iba a mi lado camino a los acantilados habría cumplido veintinueve en abril.  Pero yo soy un perturbado y ella, ya le conté, una ingenua.

Una corbata roja le rodeaba el cuello. Tampoco esta vez pudo prever lo que iba a suceder. Hay mujeres que nunca aprenden.



La despedida



Está anocheciendo y te consumen los nervios en este tren de cercanías que te conduce a tu infancia. Tras la ventanilla, reconoces los paisajes del camino. Han sido muchas las veces que has hecho el recorrido hasta el pueblo y muchas más las que lo has soñado. Anticipas lo que hay tras cada curva y cada uno de los acontecimientos que vas a vivir en estas horas que preceden a la conciencia del despertar.

En unos minutos, bajarás de nuevo al andén de la estación y llegarás a tiempo de ver a tu madre, que está despidiéndose de ti.  Te ha preparado con cariño la maleta con tus mudas de ropa interior, tu pijama y el uniforme nuevo.  Junto al bocadillo en papel de estraza para el camino, llevas también un equipaje de advertencias y  consejos.

La verás de pie con la mano levantada y la sonrisa triste de quien no te va a poder abrazar durante todo ese trimestre que pasarás en el internado, ese lugar donde aprendes lo que en el pueblo ya nadie te puede enseñar. Te la sabes de memoria, allí, con el semblante decepcionado por ese hijo que no quiere besarla, ese chico a quien la adolescencia se está llevando aún más lejos que el tren que lo traslada al colegio.

Bajarás del tren y llegarás a tiempo de dar a tu madre el beso que el chico que fuiste le negó entonces. Porque hace mucho que sabes que aquel niño que se despedía sin beso no volvería a ver a su madre más que en un sueño.

Precisamente este sueño que vuelve a ti una y otra vez, como si pudieras enmendar lo que ya es un imposible y nunca vas a ser capaz de perdonarte.


En el arcano libro de los genes



Los antropólogos han advertido un reino cuyos habitantes muestran un comportamiento que los distingue de otras especies.

Todos los hombres y mujeres esconden en sus ojos un enigma irresoluble, al que han convenido en llamar amor. Atraídos por el desafío de descifrarlo, los aspirantes, que son muchos, se enamoran y emprenden la aventura de comprender sus reglas y sortilegios. Algunos lo logran. Pero son muy pocos, sólo los escogidos, quienes mantienen viva su llama a lo largo del tiempo. Quienes no consiguen resolver el misterio o son incapaces de perdurar en el empeño, decepcionados, se desenamoran. Cuando la soledad los alcanza de nuevo, no mucho tiempo después, otros ojos se les vuelven enigma e inician una nueva partida.

Nadie, ni hombres, ni mujeres, guarda memoria de un tiempo en que no existiera este sencillo juego hecho de misterios y secretos. Es la materia que alimenta infinidad de cuentos, de sueños y poemas. Sus reglas están grabadas como un sello sagrado en el arcano libros de los genes, puesto que de él depende la propia pervivencia de la especie.

Por eso los antropólogos están convencidos de que nadie en el reino ha sido capaz nunca de eludir este juego al que llaman amor.



Nouvelle cuisine




No me interesa la comida tradicional. Soy demasiado creativo. Me aburre. Lo supe desde la primera clase, igual que supe que tú serías mi único ingrediente.  Me paso las clases inventándote fórmulas y recetas.  Lo admito: no me interesa más fogón que el de tu cuerpo tibio para crear unas sublimes recetas de la nouvelle cuisine que nos harán alcanzar  las estrellas.
Así que abandono este curso de hostelería tradicional, invitándote antes a cenar esta noche en mi casa. Degustaremos un volovant de suspiros d’amour con virutas al aroma de manzana de tu pecho, seguido de una crema de besos con crujientes de deseo confitado y, como primer plato, unos gigots de caricias marinadas de ternura en lecho de impaciencia. Brindaremos con un Vega Sicilia Único, reserva especial como tus ojos de licor de canela.
No me preguntes por el postre. Es el único plato que te está permitido adivinar.

sábado, 4 de octubre de 2014

Ya no cabe la luna



Instrucciones paso a paso antes de la lectura: 

1. Lee en silencio estos versos de la escritora Dulce Chacón. Pueden leerse en una placa, en la casa donde nació en Zafra.

                          La noche se hace cada vez más pequeña, 
                           quizás no quepa la luna...

                                                               
                                                             (Del libro de poemas Cuatro gotas)

2. Imagina ahora que estás en la Plaza Grande de Zafra, cerca del lugar en que nació, que te has sentado a tomar algo en un tranquilo café bajo los soportales de piedra de la plaza.

3. Pincha este enlace y deja sonar la música de Chet Baker mientras lees. Quizás es la misma música que estaba sonando en el bar del relato cuando Adela conoció a Juan. O tal vez no. 





         Ya no cabe la luna

          Recuerdas como si fuera hoy mismo, aunque no sabes que estás equivocada, que llovía la noche en que conociste a Juan, igual que llueve esta noche de otoño. Recuerdas con una nitidez que parece real, a pesar de los años transcurridos, que también las gotas de lluvia se estrellaban contra los cristales y resbalaban por el ventanal, mientras tú, movías con una mano la cucharilla del café e intentabas inútilmente seguir el curso del agua por los ventanales con la punta de tus dedos. 
         En el café sonaba la trompeta inconfundible de Chet Baker, aún te parece estar escuchándola como aquel día, y hacía aflorar en ti, igual que ahora, eso que llama el poeta “el burdo pasatiempo de la nostalgia”. No sabías del milagro que la vida te deparaba aquella misma noche, así, sin previo aviso, sin dar tiempo a que te prepararas, a que estuvieras dispuesta para un encuentro que parecía ir a cambiar el curso de tu vida para siempre, como si para siempre durara mucho más que un breve espacio.
  
     Habías salido a tomar un café por aquel pueblo del que te marcharías en cuanto pudieras, un pensamiento, claro, que después olvidaste por completo haber albergado, este pueblo entonces tan ajeno y que hoy resume casi todas las historias de tu vida que merecen contarse.


          Sabes a ciencia cierta, porque no pudo haber sucedido de otro modo, que sacaste del bolso aquel libro de poesía, ¿se llamaba Cuatro gotas?, en el que se podían leer los versos que tanto te gustan.


         “La noche se hace cada vez más pequeña”, decía el poema de Dulce Chacón, “quizás no quepa la luna”. Entonces asomaste tus ojos a través del cristal de la ventana  para comprobar, como si fueras una niña, si la luna podría caber en la noche. Y en aquel momento entró Juan, justo con la última nota de trompeta del músico de jazz, en lo que te ha parecido siempre una coincidencia maravillosa que auguraba un presagio de certeza.
En esto de los poemas, a Juan siempre le gustaba llevarte la contraria. Antes de conocerme, Adela, tú nunca habías leído estos versos. Y siempre te explicaba que era él quien te había llevado a conocer la placa en la casa natal de la poeta junto a la plaza grande de Zafra. Y que allí leíste por vez primera los versos sobre la luna y la noche que tanto te conmovieron. Pero tú, Adela, dejaste grabado en tu memoria otro recuerdo, que con el tiempo se hizo tan preciso e imborrable como todas las memorias, aunque nunca haya sido real y siempre creerás que leías el poema de Dulce Chacón cuando Juan te conoció al ir a resguardarse de la lluvia.

           A diferencia de esta noche en la que no se ve un alma, alguna gente paseaba entonces por los soportales de la plaza grande. Entonces entró Juan y con una excusa que has ido cambiando a lo largo de los años, se sentó en tu mesa y se quedó ocho años por tu vida, como si algo importante se hubiera encendido en esa noche en que cabía la luna llena de tan grande como la noche se había hecho, aunque no te hubiera dado tiempo a comprobar lo que realmente pasaba en la oscuridad del cielo.

           Y aquí estás de nuevo, ahora que todo ha terminado, ahora que Juan ya no es más que pasado, oyendo la trompeta de Chet Baker que aquella noche, aunque no te lo creas, no pudiste escuchar porque jamás ha sonado en este café de la plaza, ni siquiera en este instante, empeñada en evocar en tu memoria lo que crees que ocurrió, jugando al pasatiempo de la melancolía, buscando razones y culpables de tu fracaso, persiguiendo una vez más inútilmente el curso de la lluvia con tus manos, ahora que se han cumplido los versos de Dulce Chacón, que no se sabes dónde leíste por primera vez, y que la noche se ha vuelto tan pequeña que no caben en ella nada más que tus penas y la memoria de lo que tal vez ni en tus recuerdos sucedió.






Este relato apareció publicado en el nº 4 de la revista Acantilados de papel. Si quieres acceder a sus páginas, pincha el siguiente enlace. 
http://es.calameo.com/read/00193142259f1c5068243?authid=geFzMFgS0KCZ