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domingo, 20 de abril de 2014

La siria

Entre 1996 y 2003 tienen lugar los trabajos de excavación del teatro romano de Cartagena. Los restos se habían hallado casi por casualidad a principios de los 90 al excavar en la Casa-Palacio de la Condesa Peralta para albergar el Centro Regional de Artesanía. 

Justo en el año 2003 me llega una invitación de la editorial Corbalán para participar en el número 7 de la colección de Relatos de la historia de Cartagena y todo me conduce al teatro romano. Escribo así una historia que narra los detalles de la construcción del teatro en el siglo I tras la visita a Cartago Nova del general romano Agripa. 

Me valí de los hallazgos que las excavaciones habían ido sacando a la luz. Así la existencia de Lucio Junio Peto, un ciudadano de la élite local de la ciudad que participó en la financiación de la construcción del teatro, y que dedicó un altar en honor de Cayo Cesar, heredero de Augusto y a la Fortuna del Emperador. Y para darle vida por las calles de la ciudad de Cartagena, le inventé al liberto Marco Varo y a una mujer, la siria, que da título al texto. Y con ellos tres como protagonistas inicié un viaje que me trajo muchas satisfacciones. 

¿Será acaso porque escribí la historia sobre una ciudad a la que quise mucho? ¿O tal vez porque construí un personaje con mucho cariño? La respuesta puede que sea la misma. Porque sólo se hace bien aquello que se ama.

Ahora después de más de 10 años, cuando pienso en esa historia, siempre me vienen a la cabeza las mismas palabras....

Amata tantum quantum nulla amabitur (Catulo)
            Estabas tan bonita, allí, tendida en el desorden de tu cama como una Rea Silvia, profundamente dormida, tan ajena a la tristeza del pasado y a los miedos del porvenir, que parecías ausente de esa soledad que siempre habitas, con tu oscuro y largo pelo suelto sobre las almohadas, libre al fin de la peluca rubia con que Cartago marca su propiedad sobre tu cuerpo. 

               Estabas tan bonita, niña mía, con tus largas piernas azules enredadas entre las sábanas, que deseé que mi memoria quedara suspendida en ese instante, en los idus de julio, para nunca olvidarte, y quise que mi vida allí se detuviera y no tener más camino que el abismo insondable de tu vientre.

Sobre la pared de la estancia la lucerna proyectaba la sombra de tu cuerpo, yo sentí que te amaba y recordé los versos de Catulo “amada por mí como ninguna otra será amada”. ¿Qué es lo que tienes, siria, que te hace  tan frágil y tan niña, casi ingenua, como si la vida nunca hubiera pasado por tus maltrechos huesos de ramera, como si tu cuerpo no hubiera sido amado por tantos otros hombres antes de que yo llegara? 

No te habría despertado nunca, siria, nunca, te habría dejado en aquel letargo, con la mano enroscada por tu pecho desnudo, para poder recordarte tal como eras entonces. Estabas tan preciosa, siria,  acunada en el balanceo de luces y penumbras de aquella tenue llama, que no pude evitarlo y tuve que nombrarte, Siria, siria. Y el tiempo detenido en que te había mirado, tan bonita, tan frágil, se transformó en un vértigo que comenzó a elevarse desde las ingles hasta mi estómago y en un temblor de labios cuando me miraron tus ojos de noche y tus dedos ascendieron por la cara oculta de mis piernas. 

Altar de Cayo Cesar
Fot. página web Museo Romano Cartagena
Y sé que volví a cabalgar por tu cintura al compás de los caballos de mi corazón apresurado: Date la vuelta, vamos. Y luego, el roce de tu oscuro cabello en mi barbilla y en mis manos tus pechos puntiagudos y luego, no recuerdo exactamente, unas caricias que demoran el momento sublime, Muévete, por favor, muévete más deprisa, después sólo jadeos y el trote de caballos, y el arco de tu cuerpo  y un aroma de nardos, mis ojos entornados y tu boca apretada, Quiero que grites, grita. Y en medio de aquel grito, mi cuerpo diluyéndose en la umbría de tus muslos.

No volví a oírte durante mucho rato. Tu respiración, siria, se volvió tan calmada que supuse que te habrías dormido, tal vez me dormí yo, no estoy seguro, y comencé a vestirme en el más recogido silencio para no despertarte.

-          Amada por mí como ninguna otra será amada, como ninguna otra... Suena bien – me dijiste -, sería aún más bonito si uno pudiera creerlo.
-          ¿Por qué no vas a creerlo si yo te lo digo?- te pregunté.
-          Por la misma razón por la que no me lo creí cuando otros me lo dijeron –sentenciaste, mientras buscabas en mi rostro el efecto de tus palabras.

Altar de Fortuna
 Museo Romano Cartagena
Pero nunca confesaste quiénes te lo habían dicho. Tú jamás me contaste nada de cuanto había sucedido entre tus sábanas antes de que yo llegara. Es por eso que algunas veces incluso llegué a creer que yo había sido el único entre ellas. Y no es que quisiera serlo, porque hay cosas que ya no pueden volver atrás, pero sí que deseé con fuerza ser el mejor de todos tus amantes.

-          Me preguntas cuantos besos tuyos, siria, bastarían para saciarme-  te susurré al oído para que tú escucharas de mis labios los poemas que me habías enseñado.
-          Todos los que quepan – me contestaste mirándome con tus ojos ingenuos- entre la pasión de hoy y el hastío por el que mañana me abandonarás.

Estabas tan bonita, siria, que aquel día, ya no sé si fue el vino, me habría  gustado ser el dueño de todos tus secretos, del enigma que escondía la noche de tus ojos.

-          Te miento con mis silencios como te habría de mentir con mis palabras –me dijiste. Yo soy lo que soy. No te confundas.

Pero me confundía. Yo vivía perdido en tu perfume de nardos y en tu pecho picudo. Y creía que te quería. De la misma manera que me creía tus gemidos de loba en nuestras noches de sexo y jamás imaginé que nada fuera fingido, igual que creí que me habías sido absolutamente fiel durante todos los días que lo nuestro duró, yo quería creer que te quería y quise que tú lo creyeras también.

-          No te he pedido nada – Acurrucada en el desorden de mi cuerpo, yo te juraba que te querría siempre.
-          Yo te protegeré toda tu vida – te prometí mientras te hacía mirarme a los ojos, sujeta la barbilla entre mis manos. No voy a olvidar uno solo de los momentos en que hemos estado juntos.
-          No te he pedido nada – me volvías a insistir - No me hagas que me crea esas mentiras.

Estabas tan bonita, siria mía, tan frágil y tan sola, que aposté toda mi hombría, toda mi dignidad para probarte que no te iba a mentir y me marché a mi casa, dispuesto a dejar a mi esposa y demostrar así que te quería.


Rea Silvia
Fot. Museo Teatro Cartagena

Teatro romano de Cartagena