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domingo, 19 de enero de 2014

Edición anotada de la tristeza de José Alcaraz



Acabo de terminar este libro de poemas del que me habían hablado bien varios amigos con toda la razón. 

Una sorpresa el libro de José Alcaraz del que nada había leído antes. Es una colección de unos poemas muy delicados y muy contenidos, con lo difícil que esto último es al hablar de algo tan desbordante como puede llegar a ser la tristeza. 
Y, por si esto no fuera bastante, unos poemas muy inteligentes, llenos de puntos suspensivos que los lectores podemos completar. 

¿Cómo no recomendarlo entonces?

Es además Premio de Poesía Joven de RNE en 2012. Me alegro mucho porque lo merece.

Si queréis saber más de él, aquí tenéis el enlace a la revista digital El coloquio de los perros en cuyo número 32, Juan De Dios García le hizo una entrevista:

http://www.elcoloquiodelosperros.net/numero32/olf32jo.html 

lunes, 6 de enero de 2014

Las enseñanzas de Don Saturnino. Fotografías de Piedad Isla


Este texto lo escribí para el Concurso de Relatos Breves sobre Mujeres “Esperanza Asuar” que cada año convoca al Colectivo de Educación de Adultos Carmen Conde. Desde aquí un saludo a todas las personas que hacen posible el colectivo.

La fotógrafa Piedad Isla

 Las fotos son de la fotógrafa palentina Piedad Isla (1926–2009) quien en los años 50 montada en su Vespa se decidió a retratar la vida de su pueblo natal, Cervera de Pisuerga, y los pueblos aledaños. En la actualidad, su pueblo es la sede de un museo etnográfico donde se recogen imágenes de la vida rural durante varias décadas.

 

Se lo dedico todo a mi amiga Flori que me animó a escribir el texto, me llevó a conocer el colectivo y me habló por vez primera de Piedad Isla. Y a Antonio Gómez. Porque ellos hicieron posible este texto.

 

 Las enseñanzas de Don Saturnino

 

Piedad Isla

       ¿Sabes, cariño? No se me va la Encarna de la cabeza. Sí, ya lo sé, ya  lo sé, no me lo digas más veces: esto le ha pasado porque ella ha querido, pero eso no quita para que me duela. Si hubieras visto, estaba la iglesia a reventar. 



No cabía un alfiler. A la Encarna sabes tú que la gente la ha querido siempre mucho. Es que ha sido muy buena.
Piedad Isla
Acuérdate que cuando estabas enfermo le faltó tiempo para decirme que se quedaba con nuestra Isabelita para que yo pudiera estar en el hospital contigo. Porque yo no la dejé,  que, si no, la nena hubiera pasado los días y las semanas en su casa y ella, encantada de hacer todo lo que pudiera. 
Piedad Isla

Como no se la quedó, la Encarna venía cuando el Anselmo se iba a trabajar y me dejaba siempre algo en la ventana: que si un bizcocho, que si un poco de longaniza que he comprado, que si unas manzanas que a tu Isabelita le gustan mucho estas Golden que me he subido de la plaza. Me daba un poco de pena haberle dicho que no. Es que las nenas disfrutaban de lo lindo. La Isabelita se pasaba las horas muertas con su Manoli jugando al elástico en la puerta de su casa. Ellas dos y la chiquilla del Templao, estaban horas y horas entretenidas. ¿Te acuerdas, nene? Aún estaba la calle sin asfaltar. Parece mentira lo rápido que se nos olvidan las cosas. La verdad es que, mientras el Anselmo estaba trabajando, a mí me parecía bien que se la pasaran juntas. Pero prefería que se volviera a casa cuando ya era la hora de recogerse.

 Ufff..., nene, me voy a sentar si no te importa porque estoy muy cansada. No he dormido casi. Toda la noche me ha parecido estar oyendo a la Encarna llorar y llorar. Como el día que vino a casa a decirme que se iba, que ya no podía más. El caso es que ella quería al Anselmo. Eso no lo dudes. Igual que yo a ti. Ella siempre lo había querido mucho pero estaba harta de que él le pusiera los cuernos. 


Piedad Isla
 
Esto que te digo fue cuando el Anselmo se pasaba las noches en la casa de pindinguis que pusieron al subir la carretera. No sé si quedó alguna con la que no se acostara. Salía del trabajo y se iba a beberse allí el sueldo. Estuvo meses sin pasar por su casa más que para dormir. Por eso pensé yo que la Encarna estaba tan mal. Yo sé que tú lo acompañaste también más de una vez pero no puedo decir nada porque a la hora de la cena, puntual como un clavo, estabas en casa. Y del sueldo prácticamente no noté que faltara nada. Pero lo del Anselmo era otro vicio porque también le daba al vino. Por entonces, ella, que siempre había sido tan mona, se estropeó mucho. Tenía unas ojeras enormes y se quedó delgadísima. Daba pena. Si no hubiera sido por su Manoli, no sé qué hubiera sido de la esa mujer. Le dio por llorar. Y lloraba tanto y tanto que envió a la chiquilla una temporadita al cortijo con la abuela para que la pobrecita no se contagiara de verla tan triste. Eso fue antes de que se desmayara y se cayera por la escalera. 

Piedad Isla



Ah, no, ¿dices tú que fue después? Déjame pensar… ¡Es verdad!, que la Isabelita se fue con su abuela para las vacaciones y la Encarna se cayó para mediados de agosto. Por feria. Sí, señor. Ese día habíamos salido en la procesión acompañando a la Virgen. Y la Encarna estaba ya muy desmejorada y pálida. Al volver del santuario recuerdo que estuvo mucho rato en el confesionario con don Saturnino y ya en su casa se desmayó de tanto rato sin comer, o eso dijo ella, que ahora ya no la creería y rodó por la escalera. ¡Qué lastima de muchacha! La pierna y dos costillas rotas. La pobre no podía hacer nada de la casa y yo la ayudaba. El Anselmo llegaba a las mil apestando a vino como si trabajase en la bodega. Lo mismo, lo mismo.

Piedad Isla
Cuando el Anselmo y la Encarna se hicieron novios también habíamos estado en la procesión de la Virgen, ¿te acuerdas, Vicente? Fue el primer año de don Saturnino como cura de la parroquia. La Encarna se había puesto una mantilla negra de su abuela y yo, los zapatos de tacón de mi hermana. ¡Qué buenas mozas! No me extraña que el Anselmo y tú nos rondarais. Y mira que a él le costó que le dijera que sí porque el padre de la Encarna, que en paz descanse, bien se percató que el pretendiente no era buena gente. Decía que no era trigo limpio. Cómo se lo caló, el condenado.

Piedad Isla

 Me gusta estar aquí hablando contigo, Vicente.  Sobre todo hoy, que estoy muy triste por lo de la Encarna. A ti puedo contártelo todo. No me pones reparos ni tengo dudas de que metas la pata chismorreando delante de otros. Por eso te lo estoy contando. Y te decía, nene, que la iglesia estaba a reventar. Hasta el alcalde y los del periódico. Además, la parroquia la habían dejado bien bonita.


Piedad Isla
Por si faltaba detalle, los chavales de la confirmación vinieron a cantar. Y un vecino de Huéscar vino a tocar el órgano durante la ceremonia. La homilía, preciosa. Fue muy sentida. Estaban todas las vecinas de su calle, todas, sin faltar ninguna. Y la Manoli, si la hubieras visto. ¡Qué lastima de criatura! El novio la tuvo que sujetar varias veces porque se le desmayaba de la pena. No me digas tú que no es para eso si a tu madre la matan. Y más, si el que lo ha hecho es tu padre. Eso no tiene nombre. Ahora los modernos le llaman violencia de género. Pero eso ha pasado siempre cuando a un hombre se le iba la mano en regañar a su mujer.


Piedad Isla

Piedad Isla

La pobre no paraba de llorar detrás de esas gafas de sol tan grandes. Su madre, la Encarna, también ha llevado gafas de sol durante muchos años. Pero ¿cómo íbamos nosotras a saber que era para taparse los morados? Tendríamos que haberlo imaginado porque desde lo de la escalera, la pobre aparecía con las gafas a todas horas. Pero como siempre ponía excusas: que si la luz, que si las migrañas. Y nosotras nos lo tragábamos. ¿Cómo íbamos a imaginar que el Anselmo la calentaba de esa manera? Porque una cosa es alguna bofetada de uvas a peras para meter a tu mujer en cintura y otra, Vicente, tratarla a base de palos como ha hecho el Anselmo toda la vida. Seguramente por culpa del vino.

 Lo suyo hubiera sido marcharse cuando él le pegó la primera vez. Pero tampoco me fui yo cuando me diste tú, porque hay que saber aguantar. La Encarna quiso irse hace unas semanas. Y vino a verme. Me dijo que lo abandonaba, que no podía más. ¿Y yo qué le iba a decir, Vicente? Pues lo que le dije, lo que me han enseñado toda la vida: que fuera a hablar con el padre Saturnino. 

Piedad Isla


A las enseñanzas de ese hombre le debemos mucho. Siempre ha ayudado a todas las mujeres del pueblo con sus maridos. Si no hubiera sido por él, Vicente, este pueblo no sería lo mismo. La de mujeres que habrían dejado a sus maridos si él no nos hubiera recordado que debíamos tener paciencia con nuestros maridos. Nos lo ha dicho siempre en sus homilías. Y en el confesionario, que es donde todo se resuelve con más paz. Yo misma, Vicente, estuve a punto de marcharme el día que me abofeteaste por ponerme aquellos pantalones. Pero, mira, gracias a don Saturnino pues me quedé contigo. Que a lo mejor hubiera terminado como la Encarna. Sólo que las cosas salieron de otra manera porque para mí el Señor tenía otros planes y fue a ti quien te dejó enfermo con la cirrosis.

Piedad Isla
Y ahora, ahora que ya no puedes regañarme ni verme, Vicente, que sepas que vengo siempre con estos pantalones de franela a traerte flores en las mañanas de invierno. Porque tenías razón, mi vida, en que el cementerio del pueblo tiene unas vistas preciosas y es muy tranquilo pero no me negarás, cariño, que aquí hace también mucho frío. Y te voy a decir una cosa, Vicente, aunque esté mal decirlo. Es verdad que te echo de menos pero, si me apuras, creo que estoy mejor que antes porque, por fin, después de toda una vida, puedo hacer lo que yo quiera. Como tú hiciste siempre hasta el último día de tu vida.